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Una reforma marcada por aberturas recicladas

Contra toda conveniencia aparente, un apasionado de la búsqueda y de lo menos obvio se hizo una casa nueva con materiales y muebles de ayer. Hoy la volvemos a visitar para reenamorarnos de ella.

Por Violeta Quesada y Magalí Saberian | Para Living

 
La altura de la casa fue definida por un lote de aberturas que tenía Francisco.  Foto: Living  / Magalí Saberian

“Casi todo lo viejo es mejor, pero además tiene un valor intangible”. El que habla es Francisco Fernández Miranda, un enamorado del pasado que desde hace más de quince años plasma ese idilio en el diseño de viviendas nuevas con aire vintage y en el rediseño de propiedades antiguas.

El hogar que habita con su mujer y sus cuatro hijos es la mejor muestra de lo que sabe hacer: compró un terreno con una casita que demolió -preservando apenas una medianera de ladrillos-, y allí proyectó la planta, donde los elementos reutilizados son los que distinguen tanto la construcción como el interiorismo.

Mirando hacia atrás, Francisco admite que el suyo fue un proyecto artesanal, para nada económico y demandante de mucho tiempo de ejecución. Sin embargo, es enfático en cuanto al resultado: “No la vendo nunca más”. Acá nuestro recorrido.

Una cuestión de actitud

“Estar atento a lo que la gente descarta es una actitud constante y natural en mí: muchos de los muebles de mi casa los levanté de la calle”, explica Francisco, mientras nos abre las puertas de su hermoso living.

Allí, el centro del espacio lo toma una mesa de comedor patinada y adaptada con ruedas de una vieja reposera. A su alrededor, tres sillones en diferentes tonos y telas. Si nos detenemos en el rojo, vemos alegres almohadones bordados (Nuevos Rincones) y un throw con puntilla.

Digno de una casa soñada, el hogar aguarda paciente la próxima temporada de frío. A su lado, un mueble-bar que fue descartado por un cliente de Francisco.

Avanzando por la casa está el comedor, con candelabros de madera (Falabella) sobre una mesa comprada en el remate que hizo el bazar Wright cuando cambió de dueños y cerró la sucursal de Avenida de Mayo. Las sillas, del mismo origen, se pintaron y retapizaron.

Otro detalle a tener en cuenta es la mesa que se observa bajo el espejo enmarcado con descartes de madera. Se trata de una pieza de carpintero recuperada de Devon, la antigua fábrica familiar.

 
Accesorios de bronce, hierro y madera maciza son decorativos y resistentes.  Foto: Living  / Magalí Saberian

“Cuando viajo por el país, me encanta visitar las casas de demolición: tienen de todo; desde ventanas hasta sifones. Las aberturas de madera, las barandas y los perfiles doble T los compré así”, dice Francisco entrando a la cocina.

Aquí, no tardamos en divisar algunos de los tantos tesoros recuperados del dueño de casa, como la alacena, que se hizo con sobrantes de obra: los estantes de quebracho son tablas que quedaron de la losa del sótano y las persianas correspondían a las puertas interiores de la casa original demolida.

Otro ejemplo es el mueble bajo la mesada de mármol de Carrara, para cuyas puertas se usaron pisos viejos de guatambú pulidos y pintados.

A corazón abierto

 
Al costado, una vieja bomba extractora de agua.  Foto: Living  / Magalí Saberian

El patio central se planteó desde el principio como el elemento integrador del proyecto. Ambientado con una mesa de chapa rodeada de sillas Quilmes pintadas de diferentes colores, organiza los sectores de la casa.

Francisco hace un stop para mostrarnos la estructura de hierro realizada en obra que vemos en la foto de abajo, a la que, aclara, sólo lo le falta ponerle vidrios de colores en las puntas. “Mi mujer todavía se lamenta de no haberlo hecho en su momento”, se ríe.

 
Cactus y suculentas crecen con felicidad en este espacio abierto.  Foto: Living  / Magalí Saberian

“Siempre me gustaron las viejas estaciones inglesas de tren: a partir de esa idea, se fue generando la estética de la galería. La hice de hierro para que tuviera menos mantenimiento”, nos detalla Francisco sobre uno de los espacios más usados de la casa.

 
En la viga superior, se agregaron cartelas y botones de hierro para simular remaches antiguos.  Foto: Living  / Magalí Saberian

Hecha de forma artesanal, la galería cuenta con columnas de perfiles doble T con ménsulas que se mandaron a doblar, todo de demolición. El cielo raso es de chapas viejas conseguidas por el dueño de casa, que se montaron tal como estaban sobre la estructura de hierro. Finalmente, se incorporaron las decorativas cenefas que Francisco tenía guardadas en su galpón esperando la oportunidad de usarlas.

En cuanto a los muebles, los sillones los armó junto con el herrero Juan Cajal a partir de antiguos respaldos de cama, mientras que a la mesa ratona la sacó de un volquete de la calle y la recicló.

 
Francisco con su mujer y su hijo en el balcón con barandas compradas en lote.  Foto: Living  / Magalí Saberian

“Las ventanas que dan al sudoeste, de donde vienen el frío y las lluvias, son de PVC, porque las viejas no son herméticas y no se les puede hacer doble vidriado. Me doy el gusto de poner cosas viejas, pero dentro de un mix que mantenga el confort”, deja en claro Francisco.

 
El ala de los dormitorios se orientó al Este para recibir el sol de mañana.  Foto: Living  / Magalí Saberian

Como respaldo de cama en el cuarto principal, se usó una vieja tranquera tal como estaba. Como abrigo, se sumó una manta de lana con ochos (San Ángel Casa), y como accesorios para la comodidad, almohadones de terciopelo (Good Luck Casa). A los pies, banco 'Tubos' de madera de demolición reciclada (Notalo).

“La biblioteca del playrooom fue pura imaginación”, subraya el diseñador. Al igual que el mueble de la cocina, se hizo con las persianas de la casa original demolida. Para la estructura, se usó perfilería metálica (Tubos Argentinos) con estantes y laterales de tablas de pallets recicladas.

Además, el ambiente está equipado con una mesa ratona y banquitos infantiles (todo de Notalo) de pino tea reciclada.

Un estudio en el subsuelo

Cuando se decidió preservar la pared de ladrillo de la casa original (ver la primera foto de la nota), fue necesario submurarla para que quedara en pie, de ese trabajo surgió la idea del sótano donde se ubicó el estudio de Francisco.

 
Junto a la mesita ratona, una banqueta con manta ‘Chevron’ (Falabella).  Foto: Living  / Magalí Saberian

El sector de dibujo se equipó con una mesa que llegó de una vieja fábrica textil y un dúo de banquetas de madera reciclada (Notalo). La biblioteca fue el único mueble que dejaron los antiguos propietarios de la casa.

En el detalle superior se ve la submuración que corre en paralelo a la escalera, la intención original era dejar el hormigón a la vista, pero el resultado no fue el esperado. “Como no me gustó, busqué darle un toque más rustico al sótano cubriéndola con chapas para que se vayan oxidando con el tiempo”, cuenta Francisco.

Apuntes de un reutilizador experto

Las sillas metálicas se pueden pintar fácilmente con aerosol. ¡Y de distintos colores!

Persianas, celosías y marcos descartados en este caso aparecen reutilizados en muebles y maceteros, pero se prestan para múltiples usos.

El dueño de esta casa advierte sobre los adornos vintage y los chicos: “Todo termina en el baúl de los juguetes”. Además, como suelen ser cosas pesadas, con óxido, puntas y partes rotas, lo mejor es ponerlos en altura.

Agregarle ruedas a una mesa ratona suma un aire industrial y es un detalle muy práctico en reuniones y eventos. Hay modelos con freno para que no se desplace cuando la estamos usando.

Texto: Lucrecia Álvarez.

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