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  Foto: Living
En la apertura, limones orgánicos y menta de la huerta: todo listo para una limonada casera. La galería con agapantos y jazmines de leche se prolonga en este patio de ladrillos junto al leñero y la parrilla con chimenea baja.   Foto: Living  / Magalí Saberian
Las canaletas del techo se unen en un conducto central para llevar el agua de lluvia al barril de madera. Pintoresco, además de evitar acumulación, es fabuloso para el riego de la huerta y el jardín. .   Foto: Living  / Magalí Saberian
Macetas de barro con menta y romero y viejos baldes de albañil donde crecen lavandas. Bajo la ventana, un banco hecho con maderas de un antiguo puente rural.   Foto: Living  / Magalí Saberian
Parte de la cosecha: kale, repollo y flores comestibles.   Foto: Living  / Magalí Saberian
Hecha totalmente a nuevo, la cocina en L rodea el comedor diario con mesa extensible de una compraventa del cercano pueblito de Vagues y sillas escolares de fórmica (Mercado de Pulgas de Dorrego). Una lámpara colgante de los 60 pone la nota ecléctica, así como el pasaplatos circular cruzado por una .   Foto: Living  / Magalí Saberian
Además de aportar un romántico aire vintage, el granito tiene mínimo mantenimiento: se encera una vez por mes y queda impecable simplemente con agua y jabón.   Foto: Living  / Magalí Saberian
Enmarcado por dos ventanales, este sector conserva el piso existente. Las sillas americanas tapizadas son un préstamo, al igual que la Thonet de la cabecera. Sobre un carretel de cable que oficia de mesa auxiliar, lámpara ‘Gavik’ de vidrio (Ikea).   Foto: Living  / Magalí Saberian
Sobre la salamandra de hierro (Tromen), escultura de la artista Martha Detry junto a una foto enmarcada de Goris Menéndez y un canasto leñero (La Ferme). Sillón Bergère con tapizado de estampa floral (De Levie), antiguas valijas de mimbre y almohadones de terciopelo (Linos del Pacífico) sobre el sof.   Foto: Living  / Magalí Saberian
Mínima intervención en el cuarto principal: se mantuvo su estructura y disposición y se adaptaron cortinas de una casa anterior. Sobre el piso original, alfombras circulares a tono con el acolchado de algodón (ambos de Sentido). Completan la ropa de cama una combinación de almohadones de lino (Linos.   Foto: Living  / Magalí Saberian
La reforma corrió el baño principal y amplió el cuarto de Julia avanzando sobre el jardín. Tiene piso calcáreo crudo y cortinas de pana verde con viso blanco adaptadas. La cama patinada con esterilla es un préstamo. Un dúo de estantes de chapa se pintó de blanco para los libros. Alfombra (Anthropolo.   Foto: Living  / Magalí Saberian
El granítico predominante en el baño se compensa con la onda net del aplique escandinavo, las alfombras bicolor (Ikea) y los canastos rayados (Sissy Boy, de Holanda).   Foto: Living  / Magalí Saberian
 

Una casa reciclada en San Antonio de Areco

Esta casita fue reformada por una familia porteña para conquistar el sueño de una vida con menos ruido y más espacio para disfrutar los días.

Por Violeta Quesada y Magalí Saberian | Para Living

Tardes de siesta, un paseo hasta el dique en bicicleta, servir los frutos de la cosecha propia. Una vida alegre y sosegada transcurre muy cerca de la ciudad, a unos 100 kilómetros del Obelisco. Tras ese sueño fue Elisa con su familia: el de una casa a mitad de camino entre el campo y la ciudad, a una distancia que permitiera que sus afectos pudieran visitarlos por el día. “El deseo de cambiar un poco de aire”, dice. Después, apareció la propiedad en San Antonio de Areco; modesta, de pueblo, como querían. La reforma se hizo con la ayuda de los arquitectos Juan González Calderón y Gabino Alvelo, y, un año después, llegó el momento de la mudanza. Diseñadora textil, Elisa hizo gala de su experiencia y buen gusto con muebles de su casa anterior y con otros tantos en préstamo. Entonces su hija Julia tenía dos años y medio, y aquí fue creciendo. Mientras tanto, su mamá hizo crecer también la huerta y el jardín para perfumar las jornadas que van pasando como en cualquier otro lugar, pero con la alegría de haber encontrado el propio.

Texto: Lucrecia Álvarez.

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