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En el jardín, una antigua casilla ferroviaria convertida en burbuja creativa. Adentro, lámpara de mimbre, alfombra traída de un viaje, sillón de cuero hecho a medida y sillas francesas heredadas. Un corazón de utilería conseguido en una compra-venta decora el remate de la pileta revestida con veneci.   Foto: Living  / Javier Picerno
Una puerta de chapa con un vitraux en resina da acceso a la casita que alguna vez estuvo junto a la vía. En la otra página, la vista desde la galería muestra esa construcción y, en el fondo, el volumen que corresponde al playroom de los chicos.   Foto: Living  / Javier Picerno
La galería de la casa principal conserva el piso damero original. Al lado, la romántica entrada desde la calle.   Foto: Living  / Javier Picerno
Cactus y suculentas acompañan el recorrido de la escalera hacia la terraza. En el quincho, mesa y bancos de madera pintados de blanco y un espejo de anticuario.   Foto: Living  / Javier Picerno
El ojo de los dueños para las piezas únicas se evidencia en todos los rincones. Otro acceso a la terraza: una escalera de troncos hincados en la chapa. La madera deteriorada del deck de la pileta se reemplazó por baldosas ‘Vainilla’ de vereda.   Foto: Living  / Javier Picerno
Para el camino de entrada se hizo una fuente que evoca un viejo jardín.   Foto: Living  / Javier Picerno
El living en desnivel tiene piso de pino tea heredada, alfombra (Casa Fez, Uruguay), sillón tapizado en pana (Compañía del Comercio) y sofá hecho a medida.   Foto: Living  / Javier Picerno
En un extremo del ambiente principal está el comedor con piso de cemento alisado en color caramelo con divisiones en mármol y madera, juego de sillas años 60 retapizadas (Cueros Leather) y vitraux de resina de Hernán Dompé.   Foto: Living  / Javier Picerno
El bar, dispuesto a continuación del living, tiene el frente de una antigua pulpería de San Antonio de Areco, un mostrador de entrada de un petit hotel y banquetas con tapizado de cuero (Cueros Leather) a tono con el piso.   Foto: Living  / Javier Picerno
La vivienda propiamente dicha era una típica casa chorizo con galería. Hoy toda la extensión de la propiedad original está ocupada por el bar, el living, el comedor y al final, tras el ventanal con rombos, la cocina. La ampliación donde están los cuartos se construyó a continuación.   Foto: Living  / Javier Picerno
“La pileta se hizo antes de que apareciera la posibilidad de ampliar el jardín, por eso es tan angosta. Hoy estamos muy conformes porque, al fin y al cabo te das un chapuzón y ya está; no vale la pena que ocupe tanto lugar”.   Foto: Living  / Javier Picerno
Donde estaba el dormitorio de la casa original se hizo la cocina con una isla de cemento alisado con borde en incienso y una pata de hierro, mesada de mármol de demolición y una bacha también antigua. Las banquetas están intervenidas con tachas, obra del marido de Flor.   Foto: Living  / Javier Picerno
“La heladera es magnífica. Además del tamaño, ves perfecto lo que hay adentro. ¡Nos copa tanto que le pusimos dimmer! Eso sí, tuvimos que subir el motor a la terraza porque era como tener un chevy en la cocina”.   Foto: Living  / Javier Picerno
Estos singulares azulejos calcáreos aparecieron debajo del piso de la cocina en la casa original. A los dueños les gustaron tanto que consiguieron más y los usaron en todos los baños. Acá, vista del de la suite.   Foto: Living  / Javier Picerno
El cuarto de Flor y su marido tiene piso de pino tea de demolición, un cuadro traído de México, una araña de una compra-venta del interior y una cómoda con tapa de mármol.   Foto: Living  / Javier Picerno
“El crédito de todo es de mi marido: es muy creativo. Fue él quien articuló en su cabeza estos volúmenes que además de ser visualmente atractivos nos hacen la vida más linda”.   Foto: Living  / Javier Picerno
 

Una casa chorizo reciclada para brillar

Cuatro lotes, tres volúmenes independientes y los mismos conceptos: nada rígido; todo suelto. Esta familia literalmente creció con su hogar

Por Javier Picerno y Laura Saint-Agne | Para Living

Todo nació acá, en este suelo del Bajo, a unas cuadras del río. Entonces eran “sólo amigos”, pero él ya andaba buscando un hogar y se compró una típica casa chorizo con cocina, living y una habitación. Fue ahí donde vieron por primera vez esos azulejos rarísimos con dibujos que retiraron con mucho cuidado rescatando apenas una docena. Mientras tanto, se ponían de novios y soñaban con la casillita del ferroviario que vivía al lado. Con esfuerzo, como todo en esta historia, consiguieron incorporarla a su territorio; eliminando la división y reciclando los materiales, se preservó intacta la vieja estructura. Nacían los hijos, la familia se consolidaba y necesitaba más lugar. Un terreno contiguo les permitió ampliar la casa chorizo (la primera); más tarde se pudo hacer el play para los chicos. Y por esas fechas nació Anónimas, la marca de ropa de Flor, que tiene su showroom en la avenida Libertador.

Ellos dicen que se tomaron todo este trabajo por la zona: “El Bajo de San Isidro es como un paréntesis dentro de la ciudad de la furia. Hay pocos barrios, que no sean cerrados, donde puedas llevar este ritmo tan relajado”. Debe haber habido algo de intuición también, como con los azulejos, que en medio de todo volvieron a aparecer como para darles la razón.

Texto: Lucrecia Álvarez..

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