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Pablo Ramírez: Anatomista de la tela

Maestro de la forma en el trabajo, es –en el tête-à-tête– un interlocutor graciosísimo, cercano, un hombre tímido y un fan de los mensajes claros (aunque estén en negro).

  Foto: Living
Pablo y familia en su casa, junto a Gonzalo Barbadillo y su hijo Valentín..   Foto: Living  / Santiago Ciuffo
Su colección de libros de moda.   Foto: Living  / Santiago Ciuffo
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Un autorretrato que hizo en la computadora para la muestra de un amigo.   Foto: Living  / Santiago Ciuffo
Les ponen mucha atención a las vidrieras, que cambian periódicamente y que reciben comentarios por Twitter hasta de los que pasan en colectivo..   Foto: Living  / Santiago Ciuffo
Sobre la calle Perú, el local de Ramírez –que armaron con la ayuda del diseñador Horacio Gallo– trasunta la identidad de la marca: mucho negro, pocos muebles y una mesa larga con flores o verdes de una sola especie.   Foto: Living  / Santiago Ciuffo
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Los bocetos de Muaa! by Pablo Ramírez, colección que se presentó en el BAF Week 2013.   Foto: Living  / Santiago Ciuffo
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Los bocetos de Muaa! by Pablo Ramírez, colección que se presentó en el BAF Week 2013.   Foto: Living  / Santiago Ciuffo
En el estudio del diseñador Horacio Gallo, con quien piensan los catálogos, la papelería, la estética de la marca y otras intervenciones de Ramírez..   Foto: Living  / Santiago Ciuffo
En Delicious Café, el bar de Barrio Norte donde van seguido, con Valentín y un sobrino de Pablo..   Foto: Living  / Santiago Ciuffo
Pablo y Gonzalo en el Mercado de las Flores, donde suelen ir las madrugadas de los lunes para decorar su local.   Foto: Living  / Santiago Ciuffo
 
Texto: Carmen Güiraldes | Fotos: Santiago Ciuffo

Esta es la historia de un chico nacido en Navarro, provincia de Buenos Aires; alguien que, desde siempre, supo que ése no era su lugar ni sus costumbres, las suyas. "De chico me gustaba dibujar. Imaginate una Siete Días de aquella época: con un marcador negro yo agarraba y pintaba las siluetas de las actrices de las fotos, como si las vistiera, y les dibujaba un corte carré." Apretado por salir del pueblo, con apenas 14 años se vino a Buenos Aires a presentar sus dibujos en un concurso de Alpargatas. A los quince días lo llamaron, pero para decirle que no podían dejarlo concursar porque era menor de edad. "Cuando fui a buscar la carpeta, la persona que me la entregó me dijo: ‘Vos tenés que seguir haciendo esto’."

Como suele pasar, hubo revancha. Esta vez Pablo ya estudiaba Diseño en la UBA. Acababa de morir su padre, que trabajaba como mecánico en Navarro y era su sostén económico. "No tenía un peso. No conseguía laburo de nada. Estuve un año entero buscando la forma de ganar algo de plata, pero nadie me tomaba. Intenté ser cadete, kiosquero, hasta busqué en el Banco Nación, jaja, y nada..." Volvió a presentarse en el concurso en el 94, armado de la esperanza que deja la desesperación cuando es lo único que deja en pie. Por eso no se sorprendió cuando lo seleccionaron.

El primer premio era un contrato de trabajo de un año en Alpargatas y una beca para estudiar en el Central Saint Martins College of Arts & Design de Londres. Ganó Nadine Zlotogora. Pablo se llevó la primera mención. "Pero también me llevé un premio especial que entregaban dos diseñadores franceses del jurado para desarrollar su colección en París. Fue un día a-lo-Mirtha: ¡llegué en tranvía y me fui en limousine!"

Parte de la religiónCOMPARTILO

Pablo Ramírez no se lleva bien con el costado público de su carrera de diseñador consagrado. Dice que es fóbico y tímido, que no sale mucho y que jamás iría a la tele a comentar lo que se pusieron las figuras de la alfombra roja. El riguroso negro con que viste denota el afán por estilizar su figura, porque su lucha con el peso es una lucha eterna, y su perfil tres cuartos de mirada fija es apenas una estrategia de defensa frente a la cámara: "Aprendí a posar para no morirme de vergüenza cuando veo mis fotos publicadas." Porque ésta es también la historia de un chico que parece excéntrico, pero es como todos.

Algo concede, sin embargo. Pocos como él tuvieron la suerte de ser aplaudidos de pie por la mítica editora de moda inglesa Isabella Blow, la de los sombreros raros. "Fue en un desfile en La Rural, en la presentación de la colección Tango. Cuando terminaron de pasar las modelos, ella entró en el back y se probó y compró de todo. ‘¡Existe la moda argentina gracias a Pablo Ramírez!’, gritaba entusiasmada. La verdad es que fue muy generosa con nosotros. Todavía hay gente que se contacta conmigo por sus referencias".

Ramírez es una marca que se relaciona con siluetas negras, con identidad, elegancia, con desfiles que se superan año tras año, con rigurosidad y virtuosismo. Mientras tanto él, en su cabeza, piensa que apenas hace básicos.

"Jamás me propuse hacerme el raro; quería hacer algo que fuese necesario: buenos básicos negros. Mi desafío era hacer ropa que no le quedara mal a nadie y que no fuese descartable, como puede serlo –en mi opinión– una blusa estampada. La ropa de mi local tiene un precio que incluye el arreglo, no se cobra aparte. Comprarse un Ramírez es como comprarse un traje hecho a medida".

Aunque ésta es la estética que lleva su estampa, numerosas marcas se le acercan para pedirle que diseñe alguna línea: la recientemente presentada colección para Muaa!, su asociación con La Dolfina para el desfile durante la New York Fashion Week en 2010 y hasta los uniformes para Aerolíneas Argentinas o el vestuario de importantes piezas de teatro, acá y en el extranjero. "Cuando me llaman, en general lo hacen porque les gusta mi estética. Aunque es cierto que me permite ciertas libertades, como cuando hice el vestuario del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, todo muy colorido".

La casita del árbolCOMPARTILO

Vive con Gonzalo Barbadillo, también diseñador, su socio y pareja, en un departamento de Barrio Norte que da a un árbol que le marca las estaciones. En el negocio, es Gonzalo quien se ocupa de tratar con las clientas y "de hacer todas las cosas que no me gusta hacer... y que a él tampoco le gusta hacer" , sonríe Pablo. En el día a día, comparten una vida tranquila, apartada, de hacer compras por el barrio, brunchear o supervisar la tarea de Valentín, el hijo de Gonzalo, que vive con ellos.

Gonzalo es el que cocina. Pablo se reconoce un fetichista del papel. "Tengo cajas y cajitas, junto libros, revistas, cuadernos. Me preocupa terminar como esa gente que sale en los programas de tele que tiene la enfermedad de acumular, ¿cómo se llama?"

¿Cuál es el momento que más disfrutás de tu trabajo?

Bueno, en esto hay tres instancias: el desfile y las fotos, la visita de una clienta a la tienda y el momento en que se prueba una prenda nuestra. Esto último es un milagro: me encanta contar una historia en un desfile, pero el momento sublime es ver a una persona normal transformarse con mi ropa. Milagro que confirmo cuando vuelve a ponerse lo que trajo, jaja.

"Igual, somos muy autoexigentes", acota Gonzalo. "Nos cuesta el disfrute en general. A tal punto que, de vez en cuando, nos preguntamos: ‘¿Estamos disfrutando? ¿Estamos disfrutando?’, como para recordárnoslo".

Ésta es la historia de un romántico que choca con la vulgaridad, de un diseñador que sueña con las siluetas de la incomparable década del 20, con haber vestido a María Callas, con el vestuario de My Fair Lady. También es la historia de un fan de Azzedine Alaïa, un idealista de la forma. Bob Dylan dixit: "Un hombre es un éxito si se levanta a la mañana, se acuesta a la noche y, en el medio, hace lo que quiere hacer". .

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