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Pequeña inmensidad: la vida en Cabo Polonio

La silueta de este mínimo rancho, casi un espejismo entre las dunas de la costa uruguaya. Estilo y simplicidad en pocos metros

Cabo Polonio goza de una reputación de tierra mítica, nutrida por las anécdotas insólitas tanto sobre la gente que lo habita todo el año como de aquellos que lo eligen como destino en el verano. Es que la gente que opta por el Cabo a pesar de su aislamiento y falta de comodidades tales como la electricidad tiene, justamente por eso, algo de especial. La dueña de este rancho, Gabriela Saludes, da pruebas de ello. Ya hacía años que veraneaba en la zona, cuando quiso tener allí su propio lugar. Le gustaba esta casita e intentó comprarla a sus dueñas originales, dos uruguayas radicadas en las Islas Canarias. Hasta allí las rastreó para ofrecerles comprar, y ellas premiaron su tenacidad nada menos que regalándole el rancho. La única condición fue que siguiera empleando a la chica que se ocupaba de cuidarlo.

Con varias mejoras, realizadas por un equipo de constructores locales, José Luis San Martín Sena y Gustavo Funes, bajo el asesoramiento del arq. Alejandro González, amigo de la dueña, esta casita junto al mar ganó mucho encanto en sus pocos metros. Los materiales utilizados son muy sencillos, como los de todas las casas de Cabo Polonio.

En la estructura de mampostería, las aberturas son todas de demolición, compradas en Montevideo y recicladas. El techo a dos aguas, bastante alto, deja lugar para un entrepiso-dormitorio y para que el luminoso interior –provisto de ventanas amplias y rejillas de ventilación adicionales– sea fresco y despejado. Con paredes y pisos blanqueados, la simple decoración apunta en todo al descanso: fiacas enormes, dúctiles pufs, y una infaltable hamaca paraguaya, casi todo en blanco, combinado con accesorios en tonos tierra. Fiel al espíritu naturista de los habitantes y veraneantes más antiguos de la zona, el rancho se mantiene sin luz eléctrica, salpicada de farolillos y velones.

Usada a lo largo del año excepto en invierno (la falta de estufa acobarda al más entusiasta), la casa está prevista para dos personas. A veces, sin embargo, llega de improviso alguna pareja de amigos, a los que siempre se les encuentra un rincón donde alojarse. Es que hay que recompensar el esfuerzo, ya que para llegar hasta la casa, un tanto retirada del caserío, hay que dejar el auto en la ruta y tomar unos camiones 4x4 que atraviesan las dunas hasta la plazoleta donde queda la estación de Cabo Polonio. De ahí al rancho se llega en un carro tirado por caballos. Para volver, hay que arreglar con el cochero, a quien no es raro encontrar tomando sol en la playa.

Aquí se cocina poco, se come mucho afuera y se pasa casi todo el tiempo en la playa. Las pocas provisiones necesarias se compran en un almacén a ocho cuadras de lenta caminata por los médanos. "Volvés con las piernas de tu vida: no hay gimnasio que te dé las piernas de Cabo Polonio", cuenta divertida Gabriela, que, resumiendo el apego a su pequeño refugio junto al mar, afirma: "Cada vez que tengo tres días libres, me voy corriendo para allá".

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